Hay mujeres que no saben mirar desde la orilla. Simplemente saltan.
Amanda era enfermera de emergencias. Estaba entrenada para sostener el caos, para ser el puente entre la vida y lo que viene después. Por eso, cuando vio a Groot —su perro, su familia— caer por esa grieta en el hielo de Alaska, no lo pensó.
Brian, su esposo, le gritó que volviera. Pero hay gritos que no alcanzan a quien ya decidió entregarse.
Amanda se hundió en el río helado. No porque fuera imprudente, sino porque amaba con esa intensidad que no entiende de negociaciones.
Cuatro meses después, cuando el hielo por fin soltó su secreto, la encontraron.
No estaba sola.
Estaba abrazando a Groot.
Bajo el agua, en el silencio más absoluto, sus brazos seguían siendo un refugio. Como si en el último segundo hubiera decidido que, si no podía salvarlo, al menos no lo dejaría solo en la oscuridad.

